Yo no quiero prosperar.
Miro a mi alrededor e intento entender cómo afecta a las personas de mi entorno la crisis económica. Algunas eluden el hecho de enfrentarse a ella, otras la ignoran y unas pocas viven atemorizadas. El mecanismo que trabaja tras la escena es la idea de “prosperidad”, la obligación vital de tener que avanzar y conquistar una mejor posición económica o profesional, ¿cuanto vamos a sacrificar por ella?.
Algunas veces me cuestiono que sentido tiene dejarse arrastrar por la ansiedad que produce obsesionarse por crear una “marca personal”, orientar la vida a visibilizarse ante los demás como “alguien” con el único fin de sacar un provecho egoísta. Y sinceramente, no veo en ello más que canibalismo, el deseo de usar cualquier emoción solidaria como medio por tal de situar frente a un “público objetivo” nuestra identidad reducida a mercancía.
En la Torre del Moro tenemos gente con talento que ofrece sus conocimientos y producciones de manera gratuita, pero la intención de fondo al compartir es establecer un punto de partida donde crear relaciones de amistad y apoyo mutuo. Tal vez no “prosperemos” nunca al no establecer ningún “plan de negocio”, pero poco a poco creamos un círculo de individuos que entregan al procomún sus mejores aptitudes por tal de hacer más llevadera la vida y humanizar las relaciones.
Ahí se sitúa la cuestión del futuro cercano, lo gratuito planteado como forma de mercantilizar las relaciones humanas o lo gratuito como forma de romper los roles de productor-consumidor y permitir establecer lazos más estrechos entre los individuos para dar pie a una creatividad más relajada y autónoma.
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