Llego a través de Meneame a una carta dirigida a El Periodico donde un ciudadano de Barcelona se queja de que esta ciudad se ha vuelto un parque de atracciones hecho para los turistas.
Sabemos que lo que es diferente en una sociedad capitalista como la nuestra es lo que genera novedad y permite ampliar el mercado, pero al mismo tiempo nos encontramos en una situación de “guerra contra el terrorismo”, así que todo lo que es diferente es al mismo tiempo sospechoso de ser una amenaza para el sistema. ¿Solución? Doblar la diferencia, una diferencia amiga y una diferencia enemiga. El ejemplo, la Ordenanza Cívica de Barcelona: hacer espectáculos en la calle está prohibido, pero si los haces en la Rambla con permiso del ayuntamiento diremos que Barcelona “tiene una cultura espontánea en sus calles”; patinar está prohibido, pero si patinas donde el ayuntamiento junta a todos los patinadores (en la plaza delante del Macba) diremos que Barcelona “es una ciudad joven”; montar una fiesta debajo de un puente está prohibido, pero si la haces al lado del Sonar diremos que Barcelona “es una ciudad vanguardista”, manifestarse sólo es posible previo pago de 6000 euros, pero luego el ayuntamiento apoyará las manifestaciones del “No a la guerra” y organizará un “Forum de las culturas” y diremos que Barcelona “es una ciudad que persigue la justicia social”. ¿Cómo enfrentarnos a esa faceta agradable de Barcelona? ¿A esa faceta que se exhibe al turista y que reprime al mismo tiempo toda expresividad desnormalizada?.
Barcelona es una marca, y el ayuntamiento tiene como único fin gestionar la vida de sus ciudadanos para ponerlos al servicio de la ciudad (Tú mueves Barcelona). Lo único que le importa es que tengas un proyecto, un sueño, quieras realizarlo en esta ciudad y seas un ciudadano cívico autovigilando tus propias conductas y la de tus vecinos. Todo esto en conjunto convierte la ciudad en el mejor reclamo para el turismo de masas y los grandes eventos internacionales. Por eso mismo me fascina y al mismo tiempo aborrezco este lugar, es el laboratorio de un nuevo tipo de fascismo que moviliza la vida alrededor de cuestiones de apariencia obvia (el civismo) y al mismo tiempo un campo de batalla que se confunde con nuestro día a día.
¿Cómo enfrentarse a este tipo de gestión? Yo creo que haciendo un uso de la ciudad inesperado. Presentándose donde no se esperaba que uno debiera presentarse. En definitiva hackeando la ciudad. ¿Problema? Tanto la policía como los ciudadanos cívicos están ahí vigilando para que cualquier uso que amenace el orden establecido sea reprimido. La vigilancia de todos por todos es lo que permite funcionar este modelo de ciudad. El ejemplo es el inicio de la propia carta arriba mencionada:
“Tuve que parame en la entrada del metro después de validar mi tarjeta para que alguien no se colara detrás de mí mientras el jefe de estación me decía que no podía hacer nada por evitarlo.”
Toda sociedad de control necesita un ciudadano cívico armado con un dedo acusador.
Categories: politica, privacidad
Tags: Barcelona, politica, vigilancia
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