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El mito de la participación, el caso web 2.0 y Barcelona

En los comentarios del post que escribió Bel Llodrà sobre los aspectos sociales de la web 2.0 ella dice:

Yo cojo la etiqueta “web 2.0″ con pinzas, cuando la leo yo la traduzco a “sofisticación de la tecnología que fomenta la democratización de la participación”. Netocracia, oligarquía, o lo que sea, no me lo creo. Sencillamente porque en cualquier momento cualquier persona pasiva puede decidir convertirse en activo sin tener que pasar ni por ningún filtro ni por ningún proceso de selección“.

Me quedo con el concepto “democratización de la participación”, ya que en un principio puede parecer una reiteración al ser el pilar de la democracia la misma participación, pero me va a dar pie para profundizar en la idea de participación y como ésta está siendo encorsetada por el tipo de democracia que se está construyendo.

Para empezar creo que la llamada web 2.0 no es producto de una sofisticación de la tecnología, ni tampoco un cambio de mentalidad en el usuario de Internet que de la noche a la mañana decide tomar un papel activo, ya que tanto lo uno como lo otro existía en menor medida en lo que se decidió llamar web 1.0. Mucho más allá de esto, la web 2.0 a mi parecer es simplemente un cambio en el modelo de negocio respecto al que había antes de estallar la burbuja de las .com. Se abandona la web como medio para vender productos, para convertirse en fin donde producirlos y crear valor.

“El capital acude allí donde la riqueza y diversidad de las conexiones, tejido cultural y formativo, favorece la producción de ideas. O, viceversa, el modo de atraer capital consiste en gobernar un tejido social que por su condición heterogénea, plural, móvil, abra la expectativa de una creación sostenible de ideas” [*].

Esto no es algo exclusivo de Internet, muchas grandes ciudades antes de la crisis causada por la burbuja comenzaron a apostar por convertir sus ciudades en marcas (vease el ejemplo de Barcelona con las olimpiadas) y basar su economía en la movilización de sus propios ciudadanos, por tal de hacer de su territorio un lugar rebosante de iniciativas que actualizaran su producto frente al mercado turístico. Es por ello que creo que la web 2.0 tiene su origen en un proceso más amplio que se fundamenta en la transformación de la sociedad red y el capital.

La web 2.0 es una marca como la ciudad Barcelona, ambas se sostienen gracias a una condición: la participación, ¿pero qué participación?.

La profusión de ideas suscitada por la participación -”Comunícate, piensa, habla”- encierra tanto un problema de valoración, de discriminación (qué ideas valen y cuales no, qué ideas son rentables y cuáles no) como un peligro de contención, de seguridad (qué ideas pueden subvertir o dispersar su propio espacio de posibilidad). En ambos casos, el Proyecto Barcelona (nota de autor: o la web 2.0) representa un enunciado central, capaz de acumular significativamente el conocimiento que origina su propio dinamismo: selecciona e invierte en aquellos proyectos que lo fortalecen y bloquea por el contrario los que tiendan a comprometer su propio carácter, esto es, su rentabilidad“. [**]

La participación se capitaliza, la web 2.0 más que una “revolución de lo social” es un reforzamiento de ciertas relaciones de poder que se llevan construyendo desde la caída del Muro de Berlin alrededor de la “bondad” de la idea de democracia. Un sencillo ejemplo es ver como Google no tuvo problemas en aplicar la censura para atrapar su cota de mercado en China o cómo las luchas en el campo de la propiedad intelectual de los contenidos creados en sitios como Youtube van cediendo en detrimento de sus propios usuarios (en cierta forma parecido a las propias políticas que adopta el ayuntamiento de Barcelona parapetándose en la participación ciudadana cívica).

“Vivir es conectarse a la red y sólo hay un modo de hacerlo: participar, es decir, intervenir con la propia vida en la circulación de capital. En este sentido, el Proyecto Barcelona (nota del autor: y la web 2.0) asume y gestiona como un bien social la nueva institución capitalista. Adecuar el territorio a las condiciones ideales de la sociedad del conocimiento significa incrementar el capital social de la ciudad (nota del autor: o de la web), su conectividad general y la diversidad y riquezas de sus redes” [***].

¿Realmente queremos reducir la participación en Internet a incrementar las cuentas bancarias de ciertas corporaciones que están poco a poco monopolizando la red a base de comprar toda iniciativa que mueva la creatividad de una red social? (vease el ejemplo de Google, Yahoo o Microsoft). ¿Subordinar nuestras ideas a las condiciones de uso de sus herramientas que en cualquier momento pueden volverse en contra nuestra? ¿Creer realmente que el usuario no tiene “que pasar ni por ningún filtro ni por ningún proceso de selección”? Internet nació con usuarios libres y debe seguir manteniéndose así, el único paso para garantizar una participación no encorsetada por oscuros caprichos de terceros es que cada uno sea capaz de realizar su propia independencia digital.

[*] Espai en Blanc, La otra cara del Fòrum de les Cultures S.A, Edicions Bellaterra, p.43
[**] Espai en Blanc, La otra cara del Fòrum de les Cultures S.A, Edicions Bellaterra, p.49
[***] Espai en Blanc, La otra cara del Fòrum de les Cultures S.A, Edicions Bellaterra, p.54

Posted: July 30th, 2008
Categories: internet, politica
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Tú eres tu propio vigilante

Llego a través de Meneame a una carta dirigida a El Periodico donde un ciudadano de Barcelona se queja de que esta ciudad se ha vuelto un parque de atracciones hecho para los turistas.

Sabemos que lo que es diferente en una sociedad capitalista como la nuestra es lo que genera novedad y permite ampliar el mercado, pero al mismo tiempo nos encontramos en una situación de “guerra contra el terrorismo”, así que todo lo que es diferente es al mismo tiempo sospechoso de ser una amenaza para el sistema. ¿Solución? Doblar la diferencia, una diferencia amiga y una diferencia enemiga. El ejemplo, la Ordenanza Cívica de Barcelona: hacer espectáculos en la calle está prohibido, pero si los haces en la Rambla con permiso del ayuntamiento diremos que Barcelona “tiene una cultura espontánea en sus calles”; patinar está prohibido, pero si patinas donde el ayuntamiento junta a todos los patinadores (en la plaza delante del Macba) diremos que Barcelona “es una ciudad joven”; montar una fiesta debajo de un puente está prohibido, pero si la haces al lado del Sonar diremos que Barcelona “es una ciudad vanguardista”, manifestarse sólo es posible previo pago de 6000 euros, pero luego el ayuntamiento apoyará las manifestaciones del “No a la guerra” y organizará un “Forum de las culturas” y diremos que Barcelona “es una ciudad que persigue la justicia social”. ¿Cómo enfrentarnos a esa faceta agradable de Barcelona? ¿A esa faceta que se exhibe al turista y que reprime al mismo tiempo toda expresividad desnormalizada?.

Barcelona es una marca, y el ayuntamiento tiene como único fin gestionar la vida de sus ciudadanos para ponerlos al servicio de la ciudad (Tú mueves Barcelona). Lo único que le importa es que tengas un proyecto, un sueño, quieras realizarlo en esta ciudad y seas un ciudadano cívico autovigilando tus propias conductas y la de tus vecinos. Todo esto en conjunto convierte la ciudad en el mejor reclamo para el turismo de masas y los grandes eventos internacionales. Por eso mismo me fascina y al mismo tiempo aborrezco este lugar, es el laboratorio de un nuevo tipo de fascismo que moviliza la vida alrededor de cuestiones de apariencia obvia (el civismo) y al mismo tiempo un campo de batalla que se confunde con nuestro día a día.

¿Cómo enfrentarse a este tipo de gestión? Yo creo que haciendo un uso de la ciudad inesperado. Presentándose donde no se esperaba que uno debiera presentarse. En definitiva hackeando la ciudad. ¿Problema? Tanto la policía como los ciudadanos cívicos están ahí vigilando para que cualquier uso que amenace el orden establecido sea reprimido. La vigilancia de todos por todos es lo que permite funcionar este modelo de ciudad. El ejemplo es el inicio de la propia carta arriba mencionada:

“Tuve que parame en la entrada del metro después de validar mi tarjeta para que alguien no se colara detrás de mí mientras el jefe de estación me decía que no podía hacer nada por evitarlo.”

Toda sociedad de control necesita un ciudadano cívico armado con un dedo acusador.

Posted: July 23rd, 2008
Categories: politica, privacidad
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