El fin de la Historia en su sentido radical
A través de Meneame llego a este artículo de GAES sobre lo que creen que serán las siete secuencias de la repercusión de la crisis sistemática global. Aunque es bastante amarillista, me llama la atención el título de la secuencia 7:
“Aceleración brutal de la reconstitución estratégica global, Ataque a Irán, Israel al borde del abismo, Caos en el medio-oriente, Crisis energética”
Es curioso, porque si irremediablemente (según este artículo) estamos abocados a un contexto de guerra total por la crisis económica, ahora se hace más interesante que nunca recuperar el concepto de “el fin de la Historia” que proclamó en 1990 Francis Fukuyama. Al explicarlo algunas personas no lo interpretan en su sentido radical, tal vez por cierto respeto a la lectura que ofrece el propio autor o por la pesada carga que supone conducirnos al extremo nihilista, ello impide desarrollar el trasfondo filosófico que sustenta este concepto y que puede dar un juego bastante interesante a la hora de experimentar nuestro Tiempo.
La aceptación radical de “el fin de la Historia” nos debe llevar a un pensamiento extremo, el mundo es como es y jamás cambiará, o en otras palabras: este mundo aquí y ahora, esta crisis, esta guerra total, va a ser una constante. No nos queda ningún mundo mejor por llegar, ninguna esperanza, sólo el individuo frente a este devenir. Pero, en esta nada absoluta también reside un todo, existe aquí y ahora todo lo que necesitamos para crear otros mundos simultaneos donde liberarnos.
Desde que el muro de Berlín cayó podemos decir que vivimos en la transmodernidad. Ésta se define por ser la época donde todos los tiempos se presentan y conviven simultáneamente en el presente, desde la crítica postmoderna hasta el razonamiento más moderno. Ya no hay futuro, ni tampoco pasado, todo está contenido aquí y ahora, todos los tiempos son representados en un mismo momento. Por tanto podemos hablar de un fin de la historia, ésta se acabó en un momento preciso y ya nunca más se volverá a poner en marcha, sólo queda la repetición de la misma batalla entre el poder y el individuo una y otra vez.
Si la historia se ha colapsado en un momento, si aquí y ahora se están dando todos los tiempos, ya no nos interesa situar nuestro discurso en la temporalidad, ahora es preciso entender que el poder trabaja con términos cartográficos, creando mapas de hábitos para gestionar mejor la realidad. Es por ello que una política de liberación ya no se debe sustentar en la eterna promesa utópica de un futuro mejor, sino en el agujereamiento de los mapas del poder en el presente: actuar, aquí y ahora. La puesta en práctica de Zonas Temporalmente Autónomas (TAZ) permite al individuo liberar un espacio de la gestión del poder. Ya sea mediante la okupación o la proclamación de una independencia digital. El individuo frente al devenir aplastante de “el fin de la Historia” puede con ello politizar su vida a través de la intensidad del momento, su liberación temporal a través de una liberación espacial sin esperanza de permanencia.
¿Qué nos queda ante la supuesta e inminente crisis total? Desestructurar nuestra vida, perder toda esperanza, y a la vez abrir los espacios que pueden aun garantizarnos cierto margen de acción frente a la cada vez más preparada sociedad de control. Tal vez el miedo a una guerra total quede en nada, pero es reconfortante vivir instalado en este pensamiento para reaccionar en el presente como si no hubiera mañana.
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